Fading Suns

No es fácil pensar con claridad cuando te apuntan con una pistola a la cabeza. Todos mis músculos estaban en tensión, inmovilizándome completamente -salvo por el temblor de piernas- a la vez que el Inquisidor me rodeaba el cuello con el brazo mientras que con la mano izquierda sostenía una pistola apuntándome a la sien.
Sin embargo, no tenía puesta la atención en mí -salvo tal vez por la tensa atención a cada movimiento que yo pudiese hacer- sino en mi señora, Lady Erian Li Halan, que lo miraba con férrea determinación, mientras sostenía firmemente su estoque en posición de atravesarle las costillas. Esta situación de equilibrio había durado casi un minuto, sin que se pronunciase ninguna palabra o se intercambiase gesto alguno. Sólo su comunicación por medio de miradas furibundas indicaba el conflicto que se preparaba y que estallaría al menor movimiento por parte de ambos.
Cardanzo, el guardaespaldas de Erian, empezó a moverse de forma lenta, casi imperceptible hacia mi izquierda, pero se detuvo en cuanto notó que mi captor le había detectado, tal vez por un movimiento rápido del ojo o una inclinación de la cabeza. Desde mi posición no pude verlo.
Intenté ignorar los movimientos hostiles que tenían lugar a mi alrededor. En lugar de fijarme en ellos, intenté rezar. Como ya he dicho, es difícil ordenar tus pensamientos cuando notas en la sien el frío del cañón de una pistola. Sin embargo, me esforcé durante un momento por separarme del mundo y abrirme hacia la gracia del Pancreator, recitando silenciosamente las letanías que me habían enseñado tan asiduamente en el seminario teúrgico.
No era fácil. El ritual que intentaba llevar a cabo normalmente requería que se recitase en voz alta, acompañada de una serie de movimientos. Sin estos componentes, no podía asegurarse el correcto funcionamiento del ritual.
A medida que culminaba la cadencia de la rima, fui liberando mi llama mística interna con una exhalación de aliento -levemente, procurando no llamar la atención de mi demasiado atento anfitrión. Al elevarse y liberarse la llama, el ritual quedó completado. Al sentir a mi alrededor el aura ligera y etérea de protección divina, avance y me alejé de la pistola.
Ésta disparó. La bala centelleó al chocar con el campo de fuerza inmaterial que me rodeaba, y rebotó hacia el otro lado de la habitación. El brazo del Inquisidor me soltó y corrí tan rápido como pude, escapando de cualquier intento por su parte de volver a atraparme.
